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Carlos Sanz: ‘El hombre y el lobo: crónica de una difícil -pero posible y deseable- coexistencia’

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Después de unos meses de ausencia (que se han hecho largos) hoy vuelve a nuestra web el popular biólogo, fotógrafo, naturalista, divulgador y miembro de la Red Internacional de Escritores por la Tierra (RIET), Carlos Sanz. Este gran especialista en el lobo ibérico nos ha enviado un artículo que ha escrito e ilustrado para el número 5 de la revista digital “Chronica naturae”,  editada por la Asociación Hombre y Territorio. A continuación, os dejamos con un extracto de este amplio e interesantísimo reportaje, imprescindible para los amantes del lobo. Si queréis leer el artículo de manera completa, tan solo tenéis que entrar en este enlace.

‘El hombre y el lobo: crónica de una difícil -pero posible y deseable- coexistencia’

Las relaciones entre los dos cazadores sociales más poderosos del Hemisferio Norte, el hombre y el lobo, estuvieron marcadas por un mutuo respeto entre ambas especies durante todo el Paleolítico. Relaciones impregnadas asimismo por una mezcla de sentimientos de admiración, veneración y temor por parte de los humanos hacia los cánidos. Y aunque compitieran asiduamente por el alimento durante sus correrías de caza, e incluso pudieran convertirse en potenciales presas los unos de los otros puntual y esporádicamente, su interdependencia sería más bien de cierto comensalismo durante miles de años, aprovechándose frecuentemente cada uno de ellos de los restos de las cacerías realizadas por sus “rivales”.

Aquellos lobos primitivos merodearían con frecuencia los campamentos nómadas y las cuevas en las que vivían y se cobijaban nuestros prehistóricos antecesores, atraídos por los restos de comida y por los despojos que éstos desechaban tras abatir un ciervo, un jabalí o un corzo. Y de igual modo nuestros antepasados observarían a distancia cómo las veloces y bien estructuradas manadas de lobos eran capaces de abatir piezas incluso de mayor fuerza y envergadura, tales como aquellos caballos salvajes y bisontes que ellos mismos plasmaron en santuarios rupestres como el de Altamira, hace ya muchos miles de años. Y sin duda intentarían arrebatarles más de una vez las presas cobradas tras el lance venatorio, intimidándoles con sus rústicas herramientas de piedra, lanzas o antorchas, o bien esperarían a que los lobos saciasen su hambre para aprovechar a continuación los restos de los herbívoros semidevorados.

La coexistencia en los mismos territorios de caza, una cierta tolerancia y la mutua colaboración que con frecuencia se produciría entre ambas especies para conseguir el alimento, fueron circunstancias que antes o después serían aprovechadas por nuestros antepasados para lograr alianzas cinegéticas con los lobos y para alcanzar fórmulas de convivencia que fueran beneficiosas para ambas especies.

Pues hace ya más de treinta mil años los primeros cachorros de lobo fueron criados en el seno de algún clan humano, probablemente con la leche de alguna mujer que estuviera amamantando a su propio hijo, o que lo hubiera perdido por alguna trágica circunstancia… Y aquellos cachorros “agradecidos”, que tal vez hubieran perdido también a su propia madre, y que fueron creciendo al calor de las hogueras y del afecto de sus padres adoptivos, poco a poco se fueron adaptando a vivir en armonía con los componentes de aquella otra manada humana que tenía comportamientos sociales y marcadamente jerarquizados, muy similares a los de los propios clanes lobunos.

Con el paso de los años, aquellos primeros lobos “domesticados“ acabarían criando a sus propias camadas al abrigo de las cuevas y refugios naturales que compartían con los humanos. Y los nuevos lobeznos nacidos ya junto a niños llorones y traviesos, estrecharían sus lazos de unión y amistad con aquellos otros “lobos de dos patas” que les proporcionaban alimentos, jugaban con ellos y les ofrecían protección ante cualquier peligro. Protección y defensa que sin duda sería mutua, pues los sentidos más agudizados de los cánidos advertirían a sus aliados de la proximidad de posibles enemigos, e incluso se enfrentarían a ellos con ferocidad y decisión en caso necesario.

(Sigue leyendo el artículo aquí)

Carlos Sanz

 

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