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Josu Gómez: ’187 Escalones’

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Josu Gómez es un conocido político, escritor y columnista de opinión, así como presidente de la Fundación Glocal y miembro de la Red Internacional de Escritores por la Tierra (RIET). Hoy recuperamos un artículo publicado en su blog hace unas semanas que lleva por título ’187 escalones’. Se trata de un artículo en el que Gómez reflexiona sobre la memoria histórica. Los 187 escalones del título, por cierto, son los que tenía la escalera de la muerte del campo de concentración de Mathaussen-Gussen.

’187 Escalones’

Ciertamente este artículo nace de una mezcla de sentimientos sobre lo que fue y lo que será, sobre lo que paso y lo que puede volver a pasar. No por menos los recuerdos y la historia sobre la memoria de los pueblos no son más que antídotos ante la recaída en los errores cíclicos con los que la humanidad estamos tan acostumbrados a convivir. Tanto es esto un hecho plausible como la realidad que hace de nuestro mundo un espacio de campos de concentración, represión y exilios, realidades estás lejanas o cercanas en la medida que nuestra aletargada conciencia es despertada por el aldabonazo mediático de la foto o noticia  que por un momento nos aparta de nuestra indiferencia, esa que abonada a una sociedad del bienestar imperfecta hace del letargo  de nuestro compromiso  el común denominador de quienes transitamos por la misma.

Saramago decía que la memoria histórica debía no sólo recuperarse y mantenerse, sino de igual forma transmitirse, porque las sociedades que empiezan por el olvido acaban en la indiferencia. Esa que nos hace ajenos al dolor de quienes sufren, que nos hacen ciegos al sufrimiento de quienes huyen de guerras, odios o sinrazones. Por ello, ciertamente creo que recuperar la memoria es construir el presente y soñar un futuro justo igual y libre para quienes nos precedan.

Hablar de memoria histórica es hablar de represión  y exilio, es recordar el sufrimiento de quienes murieron  y sufrieron como consecuencia de la sinrazón y la barbarie a la que el ser humano es capaz de llegar. Y entre los episodios de nuestra historia aquellos que se conforman por barracones, barreras de espinas y suelos de piedra conformados por canteras de escaleras conformadas por escalones de muerte.

Ciento ochenta y siete eran los que conformaban la escalera de la muerte del campo de concentración de Mathaussen-Gussen, al que denominaban de los españoles, por el transitaron 7800 historias y sueños de 7800 republicanos a los que Serrano Suñer denomino apátridas sin tierra. Personas condenadas al olvido y a la lenta muerte de los campos de concentración nazis en el que miles dejaron sus vidas en la estrategia del exterminio bárbaro planificado por las SS.

Y es aquí, cuando se cumplen 70  años de la liberación del Campo de Concentración de Mathaussen-Gussen cuando la historia le asalta a uno con episodios tan cercanos como olvidados por el peso del plomizo paso del tiempo.  Personas que no encuentran su recuerdo en calles o plazas ni en centros públicos, ciudadanos y ciudadanas que murieron por el simple hecho de defender los ideales de democracia y libertad de una España que les condeno a la muerte, la represión y el exilio. Personas como José Fernández Rodríguez, un joven de mi pueblo, Tocina,  que como miles de personas que conforman esa intrahistoria olvidada tras haber defendido la legalidad republicana  fue deportado a los campos de concentración nazis de Mathausen-Gussen donde con tal sólo treinta y tres años encontró la muerte en una fría mañana de Octubre del año mil novecientos cuarenta y uno.

Su historia, fue la del compromiso con la democracia, pero también la de la represión y el exilio al que medio millón de personas se vieron condenadas por el odio y la sinrazón de una guerra civil que tiño de sangre durante años las cunetas, campos y plazas de una España condenada al frentismo. Poco parece recordar esta estampa a la de quienes hoy llegan a las fronteras europeas viviendo ayuda y esperanza desde Siria.

Hoy nuestra sociedad sigue conviviendo con historias de represión y exilio y de muerte por las sinrazones de conflictos armados que expulsan a familias enteras de su tierra en busca de algo tan humano como poder vivir ¿Quiénes somos entonces para decir que no luchen por algo tan natural como la propia vida? ¿Quiénes somos para decir que no vengan? Que nos dejen tranquilos en nuestra opiácea sociedad. En mi opinión no somos nadie para negar la esperanza, el problema tal vez es que nuestra falta de memoria histórica nos haya condenado ya como Saramago decía a la enfermedad de la indiferencia.

Josu Gómez

 

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