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Noticias por etiqueta: Pandemia


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No puedo respirar

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Fueron las últimas palabras de George Floyd: “No puedo respirar”. Yo tampoco. No logro respirar en este Brasil (des)gobernado por militares que amenazan las instituciones democráticas y exaltan el golpe de Estado de 1964 que implantó 21 años de dictadura; elogian a torturadores y escuadrones de la muerte; establecen un toma y daca con notorios corruptos del Centrão;[1] plagian ostensiblemente a los nazis; manipulan símbolos judíos: traman, en reuniones ministeriales, cómo actuar fuera de la ley; profieren palabrotas en reuniones oficiales, como si estuvieran en un antro de facinerosos; se burlan de quien observa los protocolos de prevención de la pandemia y salen a las calles, indiferentes a los 30 mil muertos y sus familias, como para celebrar tamaña letalidad.

“No puedo respirar” cuando veo la democracia asfixiada; la Policía Miliar protegiendo a neofascistas y atacando a quien defiende la democracia; al presidente más interesado en liberar armas y municiones que recursos para combatir la pandemia; al Ministerio de Educación dirigido por un semianalfabeto que amenaza con repetir la “noche de los cristales” de los nazis, proclama que odia a los pueblos indígenas y propone encarcelar a los “vagabundos” del Supremo Tribunal Federal.

“No puedo respirar” al ver a los comandantes de las Fuerzas Armadas callados delante de un presidente desaforado que no esconde que tiene como prioridad de gobierno su protección y la de sus hijos, todos sospechosos de graves crímenes y de complicidad con asesinos profesionales.

“No puedo respirar” ante la inercia de los partidos que se autocalifican de progresistas, mientras la sociedad civil se moviliza en contundentes manifestaciones de indignación y en defensa de la democracia.

“No puedo respirar” ante ese empresariado que, con los ojos puestos en el lucro e indiferente a las víctimas de la pandemia, presiona para que se abran de inmediato sus negocios, mientras que los lechos hospitalarios están llenos y se multiplican en los cementerios las fosas comunes como encías desdentadas de Tánatos. Leer más →

Con permiso de…

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Con permiso de Pedro Sánchez, de Quim Torra, de Díaz Ayuso, de Pablo Iglesias, y de toda la clase política. Es innegable que nos ha cogido a todos por sorpresa, nunca imaginamos que viviríamos una pandemia, que unas consecuencias así podían suceder. No necesitamos más películas catastrofistas de Hollywood, o ficciones del fin de la tierra.  Ahora son nuestras vidas y como dice el dicho, una vez más “la realidad ha superado la ficción”.

La pregunta que debemos hacernos ahora es: “¿Hemos estado a la altura?”. La población, en su mayor parte, ha demostrado ser responsable y ha cumplido con todas las normas dictadas por el gobierno durante el confinamiento. Era algo completamente nuevo y desconocido para todos, pero sinceramente, estoy convencido de que hemos pasado la prueba. Se queda en el aire otro debate sobre hasta dónde llegan los límites de nuestras libertades, nuestros derechos, o las limitaciones de movimientos, etc. Son muchos los interrogantes para un próximo artículo.

Pero no puedo decir que la clase política haya estado a la altura de la situación, nos han fallado. Y hablando de esto debo decir que mi intención no es abrir ningún debate político, quiero hablar de palabras y valores tan sagrados como es la dignidad, la decencia, como es la justicia social y, por supuesto, y sin ninguna duda, los derechos humanos. Mi familia y yo hemos perdido a una persona de forma totalmente indigna y violando completamente todos sus derechos. Mi objetivo ahora es recuperar la dignidad que merece mi madre y todas las personas que, como ella, que se han ido de la forma más triste posible. Recordemos que las cifras que escuchamos o leemos o vemos en los diagramas todos los días en los medios de comunicación no son de la bolsa, ni del Ibex 35, que quizás les importan más a algunos, son cifras de muertos o contagiados. Muertos que se han ido injustamente, son personas, son vidas.

Nuestra sociedad tiene una gran deuda con las personas mayores que han muerto. No las podemos recuperar, pero si dignificar su muerte. Estas muertes no pueden quedar en saco roto, deben servirnos para hacer autocrítica y mejorar. Miremos lo sucedido en las residencias como una lección, investiguemos, estudiemos y no dejemos que esto vuelva a ocurrir.

Por estos motivos yo y la Plataforma Afectados por Coronavirus reivindicamos y exigimos:

  1. Que las residencias pasen a gestión pública.
  2. Una auditoría independiente sobre lo sucedido en geriátricos y residencias de toda España y de su estado actual, para identificar que es lo que ha fallado.
  3. Analizando los resultados de la auditoría independiente, actualizar la normativa y reforzar los controles vigentes para que sean más efectivos.
  4. Los ministerios, consejerías y departamentos de sanidad deben tener una mayor implicación en residencias de ancianos. Debemos recordar que son personas frágiles que necesitan más protección.

Y repito, esto no es con ánimo de venganza, es para mejorar el futuro. Esto no va de ideologías, ni es ningún tipo de movimiento político. Quien crea eso se equivoca. Son personas insolidarias y no dejan de ser cómplices de las negligencias. Lo único que pedimos es información y transparencia, y quien quiera seguir tapando todo lo ocurrido, entenderemos que también es cómplice.

Personalmente, y con o sin permiso de… seguiré trabajando y denunciando, aunque para alguien nunca sea el momento, porqué la dignidad, la justicia y la solidaridad no tienen color, son derechos humanos.

Y, para terminar, recomiendo a todos los afectados y afectadas que no se queden ya en casa y emprendan acciones como yo he hecho, porqué el mejor homenaje que podemos ofrecer a nuestros fallecidos es dignificar sus muertes restaurando la justicia social.

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Ángel Juárez

Presidente de Mare Terra, de la Coordinadora de Entidades de Tarragona y de la RIET

Portavoz de los afectados por COVID-19 de la plataforma afectadoscoronavirus.org

Covid-19: o cooperamos o no tenemos futuro

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Una pregunta siempre presente en las búsquedas humanas es: ¿cuál es nuestra esencia específica? La historia conoce innumerables respuestas, pero la más contundente, convergencia de varias ciencias contemporáneas como la nueva biología evolutiva, la genética, las neurociencias, la psicología evolutiva, la cosmología, la ecología, la fenomenología y otras, es esta: la cooperación.

Michael Tomasello, considerado genial en el área de la psicología del desarrollo infantil de 1 a 3 años, sin intervención invasiva, reunió en un volumen lo mejor de ese campo con el título: Por qué cooperamos (Warum wir kooperieren, Berlín, Suhrkamp 2010). En su ensayo inicial afirma que la esencia de lo humano está en el “altruismo” y la “cooperación”. «En el altruismo uno se sacrifica por el otro. Es la em-patía. En la cooperación muchos se unen para el bien común» (pág. 14).

Una de las especialistas principales en psicología y evolución, de la Universidad de Stanford, Carol S. Dweck, afirma: «Más que la excepcional grandeza de nuestro cerebro y más que nuestra inmensa capacidad de pensar, nuestra naturaleza esencial es ésta: la aptitud para ser seres de cooperación y de relación» (Por qué cooperamos, op. cit. 95).

Otra, especialista de la misma ciencia, famosa por sus investigaciones empíricas, Elizabeth S. Spelke, de Harvard, afirma: nuestra marca, por naturaleza, la que nos diferencia de cualquier otra especie superior como los primates (de los cuales somos una bifurcación), es “nuestra intencionalidad compartida” que propicia todas las formas de cooperación, comunicación y participación en tareas y objetivos comunes” (op. cit. 112). Va pareja con el lenguaje, que es esencialmente social y cooperativo, un rasgo específico de los humanos, tal como lo entienden los biólogos chilenos Humberto Maturana y Francisco Varela.

Otro especialista –éste, neurobiólogo del conocido Instituto Max Plank– Joachim Bauer, en su libro El gen cooperativo (Das kooperative Gen, Hoffman und Campe, Hamburgo 2008), y especialmente en el libro Principio-humanidad: por qué cooperamos por naturaleza (2006) apoya la misma tesis: el ser humano es esencialmente un ser cooperativo. Refuta rotundamente al zoólogo inglés Richard Dawkins, autor del libro El gen egoísta (1976/2004). Y afirma que la tesis de este último «no tiene base empírica ninguna; por el contrario, representa el correlato del capitalismo dominante, al que parece así legitimar» (op. cit. 153). También critica la superficialidad de otro libro suyo: El espejismo de Dios (2007).

Sin embargo, dice Bauer, está científicamente comprobado que «los genes no son autónomos y de ninguna manera ‘egoístas’, sino que se agregan con otros en las células de todo el organismo» (El gen cooperativo, 184). Y añade: «Todos los sistemas vivos se caracterizan por la cooperación permanente y la comunicación molecular, hacia adentro y hacia fuera» (op. cit. 183). Es notorio para la bioantropología que la especie humana dejó atrás a los primates y se convirtió en ser humano cuando comenzó a recoger y a comer lo que recogía de manera cooperativa.

Una de las tesis centrales de la física cuántica (W. Heisenberg) y de la cosmogénesis (B. Swimme) consiste en afirmar la cooperación y la relación de todos con todos. Todo está relacionado y nada existe fuera de la relación. Todos cooperan unos con otros para coevolucionar. Tal vez la formulación más bella la encontró el Papa Francisco en su encíclica Laudato Sì, sobre el cuidado de la Casa Común: «Todo está relacionado, y todos nosotros, los seres humanos, caminamos juntos como hermanos y hermanas, en una maravillosa peregrinación… que nos une también, con tierno afecto, al hermano Sol, a la hermana Luna, al hermano río y a la Madre Tierra» (nº 92).

Un brasileño, profesor de filosofía de la ciencia en la UFES de Vitória, Maurício Abdala, escribió un convincente libro El principio cooperación, en línea con las reflexiones anteriores.

¿Por qué decimos todo esto? Para mostrar lo antinatural y perverso que es el sistema imperante del capital con su individualismo y su competición, sin ninguna cooperación. Es el que está llevando a la humanidad a un fatal callejón sin salida. Con esta lógica, el coronavirus nos habría contaminado y exterminado a todos. La cooperación y la solidaridad de todos con todos es lo que nos está salvando.

De aquí en adelante tenemos que decidir si obedecemos a nuestra naturaleza esencial, la cooperación, a nivel personal, local, regional, nacional y mundial, cambiando nuestra forma de habitar la Casa Común, o comenzamos a prepararnos para lo peor, por un camino sin retorno.

Si no escuchamos esta lección que la Covid-19 nos está dando, y volvemos con más furia aún a lo de antes, para recuperar el atraso, nos pondremos en la cuenta regresiva de una catástrofe todavía más letal. ¿Quién nos garantiza que no podrá ser el temido virus NBO (el Next Big One, ¡el gordo!), aquel próximo y último virus avasallador e inatacable que pondrá fin a nuestra especie? Grandes nombres de la ciencia como Jacquard, de Duve, Rees, Lovelock y Chomsky entre otros, nos advierten sobre esta emergencia trágica.

Sólo me queda recordar las últimas palabras del viejo Martin Heidegger en su última entrevista a Der Spiegel, que sería publicada 15 años después de su muerte, refiriéndose a la lógica suicida de nuestro proyecto científico-técnico: “Nur noch ein Gott kann uns retten” = “Sólo nos podrá salvar un Dios”.

Es lo que espero, y creo, pues Dios se ha revelado como “el apasionado amante de la Vida” (Sabiduría 11,24).

Leonardo Boff

Leonardo Boff

Leonardo Boff

Miembro del Comité Honorífico de la Red Internaciona de Escritores por la Tierra (RIET)

Teólogo, escritor, filósofo y ecologista

Considerado uno de los mayores renovadores de la teología de la liberación latinoamericana

 

 

Días y días

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Madrid. 10 de mayo de 2020. 

Parece que se paró el reloj de repente, que se detuvo dándose de bruces contra una realidad difícil de comprender y que nos ha dejado a ratos sin aliento. Desapareció la vida de las calles y así quedaron mudas y vacías y solas, nunca antes las había sentido así, ni en mis peores sueños. Y esa vida se encerró en los refugios individuales de cada uno de nosotros, llámense nuestras casas y por caminar más profundo, dígase nuestros adentros.

Y ahí seguimos, en esa profundidad en la que nos miramos hoy con un detenimiento inusual porque quizás nunca tuvimos la oportunidad que nos brinda este cruel desencuentro. Y a veces nos asustamos de lo que vemos, otras nos abrazamos y lloramos y nos reconfortamos con nuestro propio beso y en otras ocasiones nos perdonamos porque por fin cuidamos de heridas que nunca curamos con esmero y que cicatrizaron solas como buenamente pudieron.

Este encierro nos ha cambiado, estoy segura, y no solo nuestra agenda diaria, nuestros hábitos más cotidianos, nuestro ir y venir rápido, sino también esos rincones que albergamos en nuestro interior más íntimo y que después de tantas semanas confinados descubrimos que existen y que ayer también existieron, aunque con telas de araña por haber dejado de visitarlos hace demasiado tiempo.

No sé tú lector, pero yo vivo sola y en esta soledad he sentido durante semanas la presencia en mi interior de un ser que parece que se me comía por dentro, que me iba restando fuerzas, que iba ganando espacio en mi cuerpo y que poco a poco me ha ido debilitando hasta acabar en una fatiga que aún trato de vencer desde mi encierro.

En medio de ese ejercicio de “mirarme al espejo” como hace años no había hecho, creo que me ha acompañado el virus maligno y letal que se ha cobrado tantas vidas y tanto sufrimiento. Luché contra él con todas mis fuerzas, tratando de ganarle en cada momento, sin rendirme, sin permitirle ni un centímetro más al día, pero no siempre lo logré con ese instinto humano de supervivencia que todos tenemos. Tras mes y medio de batalla y ya sin restos importantes en mi cuerpo, sigo recuperándome, y he de confesar que hoy por hoy ya no sé muy bien si de aquello, de esto, o de lo que llevaba arrastrando durante años en este ir y venir de locos, de falta de aire, y de tan desordenado movimiento.

Estos días en los que puedo respirar ya sin apenas esfuerzo después de curar una neumonía que me ha mantenido en silencio, me pregunto si merecen la pena tantas y tantas cosas que hice y que pasé durante tantos y tantos fríos inviernos. Y digo inviernos, porque a veces fue mi cabeza y mis disparatados gestos los que convirtieron las primaveras en estaciones frías alejadas de la alegría propia del buen tiempo.

Sea como fuere, hoy deseo con todas mis fuerzas que pase este sufrimiento, que dejemos de despedir a tantos seres humanos que no han podido vencer al maldito bicho del infierno. Hoy deseo con todas mis fuerzas que volvamos a ser libres, pero libres sin miedo, sin miedo a abrazarnos, sin miedo a querernos, sin miedo a volar por lo que anhelamos, pero ya no por el peligro a contagiarnos, sino sin miedo a vivir la vida como nunca antes lo habíamos hecho, protegiéndonos y cuidándonos del daño pero con el corazón bien abierto a lo más bello.

Porque señores y señoras, aunque parezca que el tiempo se ha detenido, el reloj sigue corriendo y con él la vida y con ella nuestros sueños. Por eso humildemente me atrevo a decirles esto, que no dejemos para mañana lo que podamos convertir hoy en realidad con tan solo una o varias muecas, con uno o varios acertados aspavientos.

Suerte a todos, mis lectores valientes, y sigamos en ese empeño para que cuando quiera dios que nos abran la puerta de este refugio de ángeles y demonios y de algún que otro deseo, seamos más libres que nunca, fieles a nosotros mismos y a nuestros sentimientos y sin olvidarnos nunca de aquellos que estuvieron ahí en nuestros peores inviernos.

Gemma Rodríguez en los Premis Ones 2019

Gemma Rodríguez en los Premis Ones 2019

                                                                                                                 Gemma Rodríguez Betrián

Miembro de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

De la distopía a la utopía

Utopía

Dicen muchas voces, con acierto, que no debemos volver a la normalidad pues la normalidad es injusta y destructiva. Desde el punto de vista agrícola y alimentario, lo corriente, habitual y mayoritario en los países industrializados es, además de injusto y destructivo, distópico. Pero parece que lo ignoramos. Al menos durante varios decenios buena parte de la población mundial nos alimentamos a partir de sistemas agroalimentarios disfuncionales que muchos autores de novela fantástica o catastrofista ni siquiera podrían imaginar.

Porque es muy loco capturar pescado en Alaska, mandarlo a la China para su procesamiento y venderlo en EE.UU. fileteado y listo para freír. Porque es muy loco deforestar el Amazonas para cultivar soja que se mandará a España donde con ella engordaremos lechones traídos de Dinamarca para acabar exportando lomo embuchado a la Conchinchina. Porque es muy loco comer naranjas en verano y tomates en invierno, porque es muy loco comer carne tres veces al día; porque hasta la alimentación de los astronautas con sus alimentos hiperenergéticos parece más sensata que encontrarse en el supermercado envases de plástico con gajos de mandarina peladitos y listos para degustar. Como un self service, añadan ustedes mismos otros muchos ejemplos que incrementarán una lista de disparates responsables del hambre en medio mundo y la obesidad en el otro, de la extinción del oficio campesino, de la deportación rural al medio urbano y del calentamiento de todo un planeta. Y, con sus monocultivos invadiendo todo centímetro de tierra cultivable, responsables también de la pandemia vírica actual, como muy bien advertían estudios publicados hace más de diez años.

No parece, de momento, que la cordura alimentaria llegue a la mente de nuestras administraciones. La crisis sanitaria actual está adoptando una serie de medidas que parece quieren reforzar este modelo distópico y disfuncional. Más de 500 organizaciones de todo el estado han denunciado, por ejemplo, que no tiene ninguna lógica que se cierren los mercados no sedentarios por la emergencia sanitaria. Como bien se sabe, la mayoría de estos mercados campesinos se suelen celebrar al aire libre, en espacios abiertos, muy diferente a los espacios cerrados de las grandes superficies. Como tampoco puede entenderse, a no ser que el urbanocentrismo haya reseteado por completo nuestras mentes, la prohibición de acudir a cuidar del huerto de autoconsumo, una práctica que, con unos requisitos mínimos, solo puede favorecer a la salud de las personas afortunadas (y visionarias) de estos espacios de vida y biodiversidad. Más que nunca ahora es importante favorecer una alimentación de proximidad, fresca, ecológica, que distribuida por cada célula de nuestro cuerpo nos fortalezca y entregue salud.

Pero pareciera, si creyera en las teorías conspiratorias, que todo está pensado para rematar lo poco que nos queda de vidas autónomas o comunitarias. Que llegará el día que se decrete, por el bien común, la expropiación de todos los huertos y tierras cultivables para entregarlas a las multinacionales. Que por la seguridad nacional se prohibirán para siempre todas las fórmulas de venta directa. De forma que gracias a la eficiencia, nunca en entredicho, de las multinacionales nos llegará a cada casa, una vez al día, un señor de Amazon con un paquete de Mercadona. Con tres barritas nutritivas: desayuno, comida y cena.

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Gustavo Duch

Miembro de la Red Internacional de Escritores por la Tierra
Escritor y activista